«Las cosas,
tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el
ánima.» José Arcadio
Buendía, cuya
desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de
la naturaleza, y aun
más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de
aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado,
le previno: «Para eso no sirve.» Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la
honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los
dos lingotes
imantados. Úrsula
Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos
animales para ensanchar el desmedrado
patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. «Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la
casa», replicó su marido.
Durante varios meses se empeñó en demostrar el acierto de sus
conjeturas. Exploró
palmo a palmo la región,
inclusive el fondo del río,
arrastrando los dos lingotes
de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue
una armadura del siglo xv con todas sus partes soldadas por un cascote de
óxido, cuyo interior
tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras.
Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro
hombres de su expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro
un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre
con un rizo de mujer.
En marzo
volvieron los gitanos.
Esta vez llevaban un catalejo y una lupa del tamaño de un tambor, que exhibieron como el
último descubrimiento de los judíos de Amsterdam. Sentaron una gitana en un
extremo de la aldea e instalaron el catalejo a la entrada de la carpa. Mediante el pago de cinco
reales, la gente se
asomaba al catalejo y veía a la gitana al alcance de su mano.
«La ciencia ha
eliminado las distancias»,
pregonaba Melquíades. «Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que
ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su casa.» Un mediodía ardiente hicieron
una asombrosa demostración con la lupa gigantesca: pusieron un montón de hierba seca en
mitad de la calle y le prendieron fuego mediante la concentración de los rayos solares. José Arcadio Buendía, que aún no acababa de
consolarse por el fracaso de sus imanes, concibió la idea
de utilizar aquel invento como un arma de guerra. Melquíades, otra vez, trató de disuadirlo. Pero terminó por aceptar
los dos lingotes imantados y tres piezas de dinero colonial a cambio de la lupa. Úrsula lloró de
consternación. Aquel
dinero formaba parte de un cofre de monedas de oro
que su padre había acumulado en toda una vida de privaciones, y que ella había enterrado debajo
de la cama en espera de una buena ocasión para invertirías. José Arcadio Buendía no trató
siquiera de consolarla,
entregado por entero a sus experimentos tácticos con la abnegación de un
científico y aun a riesgo de su propia vida. Tratando de demostrar los efectos de la lupa en la
tropa enemiga, se
expuso él mismo a la concentración de los rayos solares y sufrió quemaduras
que se convirtieron en úlceras y tardaron mucho tiempo en sanar. Ante las protestas de su
mujer, alarmada por tan
peligrosa inventiva, estuvo a punto de incendiar la casa.
Pasaba largas
horas en su cuarto,
haciendo cálculos sobre las posibilidades estratégicas de su arma novedosa, hasta que logró componer un
manual de una asombrosa claridad didáctica y un poder de
convicción irresistible.
Lo envió a las autoridades acompañado de numerosos testimonios sobre
sus experiencias y de varios pliegos de dibujos explicativos, al cuidado de un mensajero que
atravesó la sierra, y
se extravió en pantanos desmesurados, remontó ríos tormentosos y
estuvo a punto de perecer bajo el azote de las fieras, la desesperación y la peste, antes de
conseguir una ruta de enlace con las mulas del correo.
A pesar de que el
viaje a la capital era en aquel tiempo poco menos que imposible, José Arcadio Buendia
prometía intentarlo tan pronto como se lo ordenara el gobierno, con el fin de hacer
demostraciones prácticas de su invento ante los poderes militares, y adiestrarlos
personalmente en las complicadas artes de la guerra solar. Durante varios años esperó
la respuesta. Por
último, cansado de esperar,
se lamentó ante Melquíades del fracaso de su iniciativa, y el gitano dio entonces una prueba convincente
de honradez: le devolvió los doblones a cambio de la lupa, y le dejó además unos mapas
portugueses y varios instrumentos de navegación. De su puño y letra escribió una apretada síntesis
de los estudios del monje Hermann, que dejó a su disposición para que pudiera servirse del
astrolabio, la brújula
y el sextante. José
Arcadio Buendía pasó los largos meses de lluvia encerrado en un cuartito que
construyó en el fondo de la casa para que nadie perturbara sus experimentos. Habiendo abandonado por
completo las obligaciones domésticas, permaneció noches enteras en el patio vigilando el curso de los
astros, y estuvo a
punto de contraer una insolación por tratar de establecer un método exacto para
encontrar el mediodía.
Cuando se hizo experto en el uso
y manejo de sus instrumentos,
tuvo una noción del espacio que le permitió navegar por mares
incógnitos, visitar
territorios deshabitados y trabar relación con seres espléndidos, sin necesidad de abandonar
su gabinete. Fue ésa la
época en que adquirió el hábito de hablar a
solas, paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras Úrsula y los niños se partían el
espinazo en la huerta cuidando el plátano y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena. De pronto, sin ningún
anuncio, su actividad
febril se interrumpió y fue sustituida por una especie
de fascinación. Estuvo
varios días como hechizado, repitiéndose a sí mismo en voz baja un
sartal de asombrosas conjeturas,
sin dar crédito a su propio entendimiento. Por fin, un martes de
diciembre, a la hora
del almuerzo, soltó de
un golpe toda la carga de su tormento.
Los niños habían
de recordar por el resto de su vida la augusta solemnidad con que su padre se sentó a la
cabecera de la mesa,
temblando de fiebre,
devastado por la prolongada vigilia y por el encono de su
imaginación, y les
reveló su descubrimiento.
-La tierra es
redonda como una naranja.
Úrsula perdió la
paciencia. «Si has de
volverte loco, vuélvete tú solo -gritó-. Pero no trates de inculcar a los
niños tus ideas de gitano.» José Arcadio Buendía, impasible, no se dejó amedrentar por la
desesperación de su mujer, que en un rapto de cólera le destrozó el astrolabio
contra el suelo. Construyó otro, reunió en el cuartito a los
hombres del pueblo y les demostró, con teorías que para todos
resultaban incomprensibles,
la posibilidad de regresar al punto de partida navegando siempre
hacia el Oriente.
Toda la aldea
estaba convencida de que José Arcadio Buendía había
perdido el juicio,
cuando llegó Melquíades a poner las cosas en su punto. Exaltó en público la
inteligencia de aquel hombre que por pura especulación astronómica había
construido una teoría ya
comprobada en la práctica,
aunque desconocida hasta entonces en Macondo, y como una prueba
de su admiración le hizo un regalo que había de ejercer una influencia terminante en el
futuro de la aldea: un laboratorio de alquimia.
Para esa época, Melquíades había envejecido
con una rapidez asombrosa.En sus primeros viajes
parecía tener la misma edad de José Arcadio Buendia. Pero mientras éste conservaba su fuerza descomunal, que le permitía derribar un
caballo agarrándolo por las orejas, el gitano parecía estragado
por una dolencia tenaz.
Era, en realidad, el resultado de múltiples y
raras enfermedades
contraídas en sus incontables viajes alrededor del mundo. Según él mismo le contó a José Arcadio
Buendia mientras lo ayudaba a montar el laboratorio, la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole los pantalones,
pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un fugitivo de cuantas plagas y
catástrofes habían flagelado al género humano. Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el
archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón, a la peste
bubónica en Madagascar,
al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el estrecho de
Magallanes. Aquel ser
prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre,
envuelto en un aura triste,
con una mirada asiática que parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y
negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de
terciopelo patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su inmensa sabiduría y de su
ámbito misterioso,
tenía un peso humano,
una condición terrestre que lo mantenía enredado
en los minúsculos problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de viejo, sufría por los más
insignificantes percances económicos y había dejado de reír desde hacía mucho tiempo, porque el escorbuto le
había arrancado los dientes.
El sofocante
mediodía en que reveló sus
secretos, José Arcadio Buendía tuvo la certidumbre de que aquél era el
principio de una grande
amistad. Los niños se
asombraron con sus relatos fantásticos. Aureliano, que no tenía entonces más de
cinco años, había de
recordarlo por el resto de su vida como lo vio aquella tarde, sentado contra la claridad
metálica y reverberante de la ventana, alumbrando con su profunda voz de
órgano los territorios más oscuros de la imaginación, mientras chorreaba por sus sienes la grasa
derretida por el calor.
José Arcadio, su hermano mayor, había de transmitir aquella
imagen maravillosa,
como un recuerdo hereditario,
a toda su descendencia.
Úrsula, en cambio, conservó un mal recuerdo de
aquella visita, porque
entró al cuarto en el momento en que Melquíades
rompió por distracción un frasco de bicloruro de mercurio.
-Es el olor del
demonio -dijo ella.
-En absoluto
-corrigió Melquíades-. Está comprobado que el demonio tiene propiedades
sulfúricas, y
esto no es más que un poco de solimán.
Siempre didáctico, hizo una sabia exposición
sobre las virtudes diabólicas del cinabrio, pero Úrsula no le hizo
caso, sino que se llevó
los niños a rezar. Aquel olor mordiente quedaría para siempre en su
memoria, vinculado al
recuerdo de Melquíades.
El rudimentario
laboratorio -sin contar una profusión de cazuelas, embudos, retortas,
filtros y coladores- estaba
compuesto por un atanor primitivo; una probeta de cristal de cuello largo y angosto, imitación del huevo
filosófico, y un
destilador construido por los propios gitanos según las descripciones
modernas del alambique de tres brazos de María la judía. Además de estas cosas, Melquíades
dejó muestras de los siete metales correspondientes a los siete planetas, las fórmulas de
Moisés y Zósimo para el doblado del oro, y una serie de apuntes y dibujos sobre los procesos del Gran
Magisterio, que
permitían a quien supiera interpretarlos intentar la fabricación de la piedra
filosofal.
Seducido por la
simplicidad de las fórmulas para doblar el oro, José Arcadio Buendía cortejó a
Úrsula durante varias semanas,
para que le permitiera desenterrar sus monedas
coloniales y aumentarlas tantas veces como era posible subdividir el azogile. Úrsula cedió, como ocurría siempre, ante la inquebrantable
obstinación de su marido. Entonces José Arcadio Buendía
echó treinta doblones en una cazuela, y los fundió con raspadura de cobre, oropimente,
azufre y plomo. Puso a hervir todo a fuego vivo en un caldero de aceite de
ricino hasta obtener un
jarabe espeso y pestilente más parecido al caramelo vulgar que al oro magnífico. En azarosos y desesperados
procesos de destilación,
fundida con los siete metales planetarios,
trabajada con el mercurio hermético y el vitriolo de Chipre, y vuelta a cocer en manteca de cerdo
a falta de aceite de rábano,
la preciosa herencia de Úrsula quedó reducida a un chicharrón
carbonizado que no pudo ser desprendido del fondo del caldero.
Publicación revisada.
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